REVOLUCIÓN MEXICANA: FIN DE CICLO

La revolución social que dio vida al país complejo, moderno y contradictorio que ahora somos cumple 104 años. Fue el acontecimiento más importante del siglo XX en México, y aunque generalmente se establece el 20 de noviembre como el inicio del movimiento revolucionario, no existe acuerdo respecto a su conclusión. Aún se discute si fue con la promulgación de la Constitución de 1917 o en 1929 con la fundación del Partido Nacional Revolucionario, hay incluso quienes consideran que se prolonga hasta mediados del siglo pasado cuando se consolidó el desarrollo estabilizador. Ha llegado el momento de dar por concluido el ciclo histórico que abrió ese movimiento social. 

De las grandes transformaciones que marcan el inicio de la modernidad política destacan las revoluciones inglesa, americana y francesa. Esta última es considerada la más radical porque puso en discusión la totalidad de las instituciones existentes en ese entonces. El denominado “Antiguo Régimen” no era solamente una institución política, era también una compleja estructura social. Algo similar ocurrió en nuestro país. La revolución creó sus instituciones, liderazgos y cultura política, pero estas dejaron de ser funcionales para el sistema.

En su obra “Los estados y las revoluciones sociales”, Theda Skocpol, las describe como un conjunto de transformaciones rápidas y fundamentales del Estado y de las clases sociales. Es una situación que puede conducir a un cambio de régimen después de que colapsa la administración y los sectores militares. De acuerdo con la politóloga de Harvard, existen dos etapas en las revoluciones sociales: una crisis del Estado y el surgimiento de alternativas políticas. La crisis institucional surge de la mala economía, los desastres naturales, la escasez de alimentos o de los problemas de seguridad.

En los sistemas autoritarios el poder reposa en la fuerza sin consenso, lo que mantiene vivo el conflicto y la guerra civil. Por el contrario, en los regímenes democráticos las relaciones de fuerza se transforman en relaciones de derecho, es decir, en relaciones reguladas por normas generales, seguras, constantes y lo más importante, preestablecidas. Sólo los gobiernos basados en el consenso permiten salir del conflicto permanente.

En el México de nuestro tiempo, la única revolución posible tiene un carácter democrático. La revolución de los derechos que requerimos implica abrir una nueva época, caracterizada por el reconocimiento de la autonomía de cada individuo y la expansión de sus libertades, de su responsabilidad personal y de la afirmación de iguales oportunidades para todos.

La prueba de fuego de todo Estado democrático consiste en no dejarse envolver en un estado de guerra con ninguno de sus ciudadanos, sino en la capacidad de responder a las declaraciones de guerra reafirmando, una y otra vez, la legalidad.

La fidelidad obstinada y coherente a la ley es el único y último baluarte contra los males extremos del despotismo y la guerra civil. En este contexto, la tarea de la política democrática consiste en promover una revolución de los derechos que sea compatible con la sociedad moderna y su conciencia de la libertad y la justicia. Éste es el nuevo ciclo que debemos construir.

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